Estás allí,
en esa cesta tejida por manos de mi tierra,
manos indias.
Por esas manos que tejen penosamente su sustento,
día tras día.
Manos humildes y sufridas,
hábiles artesanas explotadas;
como las tuyas, a veces malheridas.
Gracias por rebajarte hasta mi nada,
hasta el humilde mimbre de mi vida,
por convertir mi cesta en tu sagrario,
en manantial de amor y de alegría.
Y gracias porque allí, entretejidas,
unes, mi Dios, tus manos con las mías.
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